El habla catalana se hace norma

(QUIQUE GARCÍA / EFE)

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El Institut d’Estudis Catalans, que incluye la academia de la lengua catalana, presentó en noviembre la primera gramática normativa elaborada por la institución –y también la nueva ortografía–, un siglo después de la primera versión de Fabra y que, reformada, ha estado vigente hasta hoy.

La lengua catalana está de enhorabuena porque este otoño ha estrenado dos vestidos nuevos: la ortografía y la gramática. De hecho, la primera es consecuencia de la segunda. El Institut d’ Estudis Catalans (IEC) ha dado un paso de gigante que hay que reconocer con admiración. De una sola tacada, ha dado un salto de cien años, que ha ido de las primeras obras de Pompeu Fabra a la renovación completa, de la obra de autor a la obra académica.

El salto no es obra de un día, sino de veinte años. Hace dos decenios que la Secció Filològica del IEC –la academia de la lengua catalana– empezó a trabajar en la redacción de esta nueva gramática, a partir de la obra fabriana y de los trabajos que se han confeccionado durante estos cien años. Porque la gramática es la obra principal de una lengua y, al mismo tiempo, la que resulta más complicada de poner al día. En el caso del diccionario, la segunda pata de la normativa, las palabras evolucionan y los servicios lexicográficos actúan con más o menos celeridad, dependiendo de los recursos y de la infraestructura. Ora se actualiza la acepción de una palabra, ora se añade otra… La tercera pata es la ortografía, que es el código con el que se escribe una lengua, pero que no deja de ser una convención arbitraria.

La gramática, sin embargo, es como un ser humano, que si se toca un codo, se puede estropear el meñique, y por ello hay que actuar con mucha prudencia y teniendo en cuenta todas las interrelaciones existentes. Joan Solà, uno de los mejores gramáticos catalanes de los últimos tiempos, intervino de un modo decisivo y, antes, ya dirigió y publicó, en el 2002, la Gramàtica del català contemporani, que, a pesar de ser una obra variopinta a partir de trabajos de cuatro autores, ya planteaba muchas de las novedades que ahora han visto la luz. Por definición, la del año 2002 era una gramática descriptiva (que explica los distintos casos que se emplean en una lengua, más allá de que sean normativos o no, pero siempre con una base que los justifique), mientras que la de ahora es una gramática normativa… o quizás no es exactamente así.

Vayamos por partes: con la nueva gramática normativa, la dicotomía correcto-incorrecto ya no es el centro del universo. Algunas voces discrepantes han denunciado que esta tiene un carácter descriptivo que no se corresponde con lo que se espera de una gramática prescriptiva, redactada por la autoridad lingüística, que debe limitar las opciones a unas pocas, o sólo a una, como referente de corrección. Estos críticos consideran que la norma debería ser mucho más concreta –exactamente como era hasta ahora–, y no que explique, justifique y admita varias soluciones para una misma cuestión. El caso es que el IEC, en la línea de las gramáticas modernas de las lenguas de cultura, ha preferido ir por este camino, ampliando la norma y etiquetándola según las hablas y los registros.

El IEC no rehúye la regla –de hecho, está preparando una versión manual, que marcará con más concreción la norma, sobre todo de cara a los libros de texto, aunque habrá que esperar algunos meses–, pero considera que la normativa puede ser más generosa de lo que lo era hasta ahora. Cien años no pasan en balde, y menos todavía con la discontinuidad y con la anormalidad que ha sufrido la lengua catalana durante el siglo XX. Los planteamientos de Fabra, un ingeniero visionario, eran perfectos en el momento en que se plantearon, pero la realidad los desvirtuó y la lengua no fue por el camino que Fabra había previsto. Estoy convencido de que, hoy, el propio Fabra estaría a favor de esta actualización.

La nueva gramática describe los fenómenos lingüísticos según dos etiquetas. La primera son los dialectos, que denomina hablas. Así, las conjugaciones verbales funcionan con pequeñas variantes según el balear, el valenciano o el catalán de Catalunya. Todas las formas son normativas, pero no son intercambiables. Es decir, en un contexto valenciano no es adecuado utilizar “ jo estimo”, sino “ jo estime”. Del mismo modo que en el contexto balear hay que decir “ jo estim”. Con respecto a las horas, pasa algo similar. La gramática da preferencia a lo que llama sistema de campanario ( dos quarts de tres) y que era lo único que recogía hasta ahora, pero considera válido en el habla valenciana y balear el sistema de reloj ( les ­dues i mitja). Ello supone que los dos sistemas son correctos según el habla y, por lo tanto, en Catalunya no es adecuado utilizar el segundo sistema. En otros casos, la norma se divide según las hablas orientales y occidentales, o por otras divisiones dialectales.

La segunda etiqueta que usa la nueva gramática son los registros. No es lo mismo escribir un ensayo científico que interpretar un papel de perdonavidas en una película de gángsters. Hasta hoy, el catalán normativo sólo servía para el primer caso. Ahora, con la norma ­ampliada, el IEC recoge usos informales, fundamentados en usos consolidados, que permiten una flexibilidad mayor a la hora de escribir una obra de teatro o doblar una película. La nueva gramática no baja hasta el nivel argótico, pero sí abre la puerta a formas populares, que pueden ser tan genuinas y antiguas como la norma culta. Este catalán coloquial ya estaba presente en la creación de ficción, pero el dramaturgo o el guionista quedaban automáticamente fuera de la norma y entraban en el campo de la transgresión. Ahora, una parte de este trabajo queda amparado por el paraguas normativo.

Algo parecido ocurría en los medios de comunicación. Ante la clásica lentitud del IEC y dadas las necesidades de comunicación y de claridad que impone la información, los medios se vieron obligados a transgredir, a ampliar la norma por su parte. De hecho, se trata de una cuestión habitual también en castellano y en las otras lenguas. Los medios son los que viven más de cerca y con mayor inmediatez la actualidad y la novedad, y eso los convierte en abanderados del uso de la lengua en cualquier circunstancia nueva.

Por ello los equipos lingüísticos que trabajan en el ámbito periodístico tienen un peso específico determinante en todo lo que pasa con los usos de la lengua. El hecho de ser los primeros en conocer la novedad también los obliga a procesarla y a darle forma, mucho antes de que lleguen las instituciones lingüísticas.

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